El sector agrícola mexicano está atravesando uno de los momentos más críticos en años debido a una sequía persistente que ha reducido la disponibilidad de agua y afectado severamente la producción de cultivos fundamentales, con impactos significativos sobre agricultores, economía rural y precios de alimentos. La falta de lluvias y la escasez hídrica han generado pérdidas de rendimiento en cultivos básicos como maíz, frijol, sorgo y trigo, así como dificultades para regar tierras de cultivo y pastizales. La sequía calificada como histórica y una de las más intensas en varias décadas ha golpeado diferentes regiones del país, desde el norte árido hasta las zonas centrales, donde la agricultura depende en gran medida del agua almacenada en presas, ríos y acuíferos. Esta situación no solo ha deteriorado las condiciones de producción, sino que también está alterando los planes de siembra, aumentando los costos de producción y generando incertidumbre entre millones de agricultores mexicanos.
La sequía en México ha sido prolongada, marcada por periodos sin lluvias significativas y niveles de agua en embalses críticamente bajos. Esto ha obligado a muchos productores a depender de fuentes subterráneas cada vez más debilitadas o asumir costos más altos por sistemas de riego suplementario, afectando la rentabilidad de las explotaciones agrícolas.
Además, la falta de agua no solo afecta a los cultivos sembrados, sino que reduce la humedad del suelo, lo que incrementa la vulnerabilidad de la tierra ante el calor y la evaporación. Esto puede provocar la degradación de suelos agrícolas, disminución de la fertilidad y pérdida de materia orgánica, complicando aún más los esfuerzos productivos.
El impacto de la sequía se ha dejado sentir especialmente en los cultivos de temporal aquellos que dependen directamente de la lluvia como el maíz, trigo, sorgo y frijol, que han experimentado reducciones en su rendimiento. Esto no solo representa una menor oferta de alimentos básicos para el consumo interno, sino que también presiona al alza los precios en los mercados locales, afectando directamente a los consumidores.
Diversos estudios climáticos indican que la intensidad de la sequía ha aumentado en las últimas décadas, atribuida a factores como el cambio climático, variaciones en los patrones de lluvia y aumento de temperaturas extremas. Esto ha conllevado a que zonas tradicionalmente productivas del país ahora enfrenten condiciones más adversas para mantener altos niveles de productividad agrícola.
Los agricultores, especialmente los de pequeña y mediana escala, están entre los más afectados. La escasez de agua eleva los costos de producción al requerir sistemas de riego más intensivos o combustibles para bombeo, mientras que la caída en los rendimientos de los cultivos reduce los ingresos de las familias campesinas.
Las comunidades rurales también enfrentan la amenaza de desplazamiento o abandono de tierras cuando la agricultura deja de ser viable, lo que tiene implicaciones más amplias en la cohesión social, el empleo rural y la sostenibilidad económica de regiones enteras.
La disminución de la producción agrícola puede traducirse en menos oferta de alimentos básicos en los mercados nacionales, lo que presiona los precios al alza. Esto afecta tanto a los consumidores como a los productores que dependen de una mayor escala de producción para mantener sus ingresos.
Además, una producción más baja obliga a México a considerar aumentos en las importaciones de productos básicos para cubrir la demanda interna, lo que podría incrementar la dependencia alimentaria y desequilibrar la balanza comercial agroalimentaria.
Frente a este panorama, expertos y autoridades agrícolas han señalado la urgencia de implementar prácticas agrícolas más eficientes en el uso del agua, como riego por goteo, tecnologías de conservación de humedad de suelo y cultivos tolerantes a la sequía. Asimismo, se enfatiza la importancia de políticas que fortalezcan la infraestructura de captación de agua, sistemas de alerta temprana climática y programas de apoyo y crédito para los agricultores afectados.
La combinación de factores ambientales y socioeconómicos hace evidente que México enfrenta un desafío clave para asegurar su seguridad alimentaria en el largo plazo, especialmente ante escenarios de cambio climático que podrían intensificar aún más los periodos de sequía.