La agricultura peruana está emergiendo no solo como pilar de la economía y la seguridad alimentaria, sino también como una solución ambiental estratégica para enfrentar el cambio climático. Prácticas agrícolas sostenibles están ganando terreno en los distintos rincones del campo peruano, con el objetivo de no solo producir alimentos, sino también capturar carbono y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que contribuyen al calentamiento global.
Aunque tradicionalmente la agricultura ha sido identificada como una fuente importante de emisiones debido a procesos como el uso de fertilizantes, el laboreo de suelos y las emisiones de metano y óxido nitroso, las mismas tierras agrícolas tienen un gran potencial para convertirse en sumideros de carbono a través de prácticas sostenibles que capturan el carbono en el suelo y la biomasa.
Según expertos y cifras citadas por el Ministerio del Ambiente peruano (MINAM), el uso de la tierra y la agricultura concentran cerca del 66 % de las emisiones de gases de efecto invernadero en el país, pero al mismo tiempo estas actividades ofrecen una de las principales oportunidades para revertir esa tendencia mediante sistemas productivos climáticamente inteligentes.
La clave no está en producir menos, sino en optimizar los recursos y cambiar la forma de producir. Actualmente se están promoviendo diversas prácticas agrícolas que favorecen la retención de carbono en el suelo, mejoran su salud y aumentan la resiliencia frente a eventos climáticos extremos. Entre ellas se destacan:
Alternar distintas especies ayuda a mejorar la estructura del suelo, diversificar nutrientes y reducir la necesidad de insumos químicos.
Esta técnica permite que el suelo preserve su materia orgánica, capturando carbono y reduciendo la liberación de CO₂ hacia la atmósfera.
Al devolver materia orgánica al suelo, se incrementa su capacidad de almacenar carbono y mejorar su fertilidad.
Tecnologías digitales permiten conocer las necesidades específicas de los cultivos, reduciendo el uso innecesario de insumos y combustibles y disminuyendo así la huella ambiental.
Estas prácticas no solo ayudan a mitigar el cambio climático, sino que también mejoran la productividad a largo plazo, protegen los suelos degradados y fortalecen la capacidad del campo para enfrentar periodos de sequía o lluvias extremas.
El sector privado está jugando un papel clave en esta transformación. Empresas especializadas en soluciones agrícolas están aportando conocimiento técnico, herramientas y tecnologías que facilitan la transición hacia un modelo sostenible. Flavia Zuleta, gerente de Soluciones para la Agricultura en BASF Peruana, destaca que “si logramos que los agricultores cuenten con herramientas para que sus suelos capturen más carbono del que emiten, estaremos convirtiendo a la agricultura en un motor de restauración ambiental para el Perú”.
A nivel global, el impulso hacia una agricultura sostenible forma parte de los esfuerzos para lograr la neutralidad de carbono hacia 2050, un objetivo que muchos países, incluido Perú, están incorporando en sus políticas nacionales y contribuciones determinadas a nivel internacional. La adopción de prácticas que reducen las emisiones en cultivos estratégicos como arroz y maíz es parte de esos compromisos, con metas que buscan disminuciones significativas de emisiones para finales de la década.
Además, enfoques como la agricultura climáticamente inteligente promueven no solo la reducción de emisiones, sino también la adaptación y resiliencia de los sistemas agrícolas al cambio climático, al mismo tiempo que apoyan la productividad y la seguridad alimentaria.
La transición hacia una agricultura sostenible en Perú representa un enorme potencial no solo para proteger el medio ambiente, sino también para fortalecer la competitividad del productor peruano en mercados nacionales e internacionales que valoran cada vez más la producción con bajas emisiones de carbono.
Al transformar los sistemas agrícolas tradicionales en modelos sostenibles, resilientes y rentables, el campo peruano no solo contribuye a los objetivos climáticos globales, sino que también se posiciona como un actor estratégico en la lucha contra el cambio climático y en la construcción de un futuro más verde y próspero para las comunidades rurales.