China ha dado un paso extraordinario en la lucha contra la expansión de sus desiertos, convertiendo zonas áridas que antes eran incapaces de sustentar cultivos en tierra fértil y apta para la agricultura. Este avance, liderado por científicos e investigadores nacionales, no solo representa una victoria contra la desertificación sino que podría convertirse en un modelo global para enfrentar desafíos similares en otras regiones del planeta.
Durante décadas, vastas áreas en el norte de China han sido víctimas del avance implacable del desierto, amenazas que han arruinado cosechas, desplazado comunidades y limitado severamente la producción agrícola en regiones como la de Ningxia Hui y el desierto de Tengger. Sin embargo, un proyecto científico basado en la utilización de cianobacterias –microorganismos que han existido durante aproximadamente 3 500 millones de años– está cambiando por completo ese panorama.
El corazón de esta iniciativa se basa en la aplicación de cianobacterias, conocidas también como algas verde-azuladas, sobre extensas áreas de arena. Estos organismos microscópicos poseen la capacidad de sobrevivir en condiciones extremadamente hostiles, y cuando son distribuidos en ambientes arenosos y reciben humedad, generan lo que se conoce como biocostras biológicas.
Estas biocostras funcionan como una especie de “pegamento natural”, uniendo los granos de arena, mejorando la capacidad del terreno para retener agua y nutrientes, y transformando la superficie móvil del desierto en un suelo estable y potencialmente cultivable. En condiciones naturales, la formación de este tipo de suelo puede tardar entre cinco y diez años, pero con las técnicas desarrolladas por los investigadores chinos —como la creación de “semillas de suelo” que protegen a los microbios en ambientes hostiles— este proceso puede completarse en aproximadamente un año, una aceleración sin precedentes.
La técnica fue desarrollada por científicos de la Estación Experimental de Shapotou, vinculada a la Academia China de Ciencias. Estos investigadores llevaron a cabo décadas de experimentos hasta logra que los microorganismos no solo sobrevivan en condiciones extremas, sino que también formen estructuras estables que puedan resistir vientos fuertes —hasta 36 km/h— y crear un microambiente propicio para la vida vegetal.
Además, las llamadas semillas de suelo, bloques compactos que contienen cianobacterias y materia orgánica, facilitan el transporte y la aplicación a gran escala del método sin necesidad de maquinaria compleja. Con la llegada de la lluvia, estas semillas biológicas “despiertan”, se expanden y forman biocostras capaces de consolidar rápidamente el terreno.
Este proyecto forma parte de la Gran Muralla Verde de China, un programa nacional de décadas de antigüedad diseñado para detener el avance del desierto y proteger el ecosistema del norte del país. A diferencia de métodos tradicionales —como la plantación de árboles o la construcción de barreras físicas— el uso de microorganismos para generar suelo fértil va un paso más allá, al transformar literalmente el desierto en tierra cultivable.
En total, se espera que entre 5 333 y 6 667 hectáreas puedan ser tratadas con esta técnica en los próximos cinco años en la región de Ningxia Hui, y el interés internacional crece. Países africanos, Mongolia y otras naciones con grandes áreas áridas observan con atención esta innovación que podría revolucionar la manera en que se combate la desertificación y se asegura la producción de alimentos en regiones vulnerables.
La desertificación representa una amenaza global para la seguridad alimentaria, el desarrollo rural y la estabilidad ecológica de numerosas naciones. Tradicionalmente, combatirla ha sido un proceso lento, costoso y de resultados parciales. La biotecnología basada en cianobacterias representa una estrategia completamente distinta: no solo detener el avance de las arenas, sino revertir su efecto y generar suelo fértil donde antes no existía.
Este experimento, aunque aún está en fases tempranas de implementación a gran escala, demuestra que soluciones innovadoras pueden acelerar la rehabilitación de suelos degradados, ofrecer nuevas oportunidades agrícolas y contribuir a modelos sostenibles de producción de alimentos en zonas que antes eran consideradas imposibles para la agricultura.